
He de admitir que tengo un pelo difícil, rebelde, y que algunos y algunas profesionales me hacían unos cortes que no me favorecían nada. Me recorrí bastantes sitios – barberías cutres, luego peluquerías de hombres, cuando me desesperé, de señoras, y por último las falsas unisex – pero rara vez me gustaba cómo me dejaban, claro que era un joven con acné, y eso un corte de pelo no lo arregla.
En total, que cuando me atendió aquella chica rubia y sonriente, todo cambió para mí. Desde el primer momento me deslumbró su belleza, y además me hizo sentir mimado, mirándome con unos ojos verdes inmensos, y arrimándose a mí en algunos momentos de un modo entre sensual y juguetón. Lo más curioso es que una vez terminaba siempre me dejaba radiante, y yo mientras ella cortaba y recortaba, notaba como si me transmitiera electricidad por las tijeras. Alguna vez me fijé en su escote, y ella, que lo sabía, sonreía y me acariciaba la nuca. A los tres años, se casó con un chico que, un poco anticuado, la “sacó” de trabajar. Todos tenemos prioridades, claro está, y entre mi look y tener una familia, ella escogió lo segundo. No se lo reprocho.
Pasé largo tiempo en el dique seco, como quien dice. Me quedé como vaca sin cencerro, volviendo a caer en el interminable buscar, pero ahora peor, claro, porque ya estaba de vuelta y apenas si albergaba alguna esperanza de volver a tener un look y no solamente una apariencia, que apariencia la tenemos todos, un look no. Probé de todo: el peluquero de toda la vida que aún usa talco, el peluquero fashion supermari, las adolescentes con piercing, las peluqueras de barrio tipo Belén Esteban, un cortapelos eléctrico que más parece un “dildo” que otra cosa… Nada, nada de nada.
Afortunadamente, tengo amigos que también se cortan el pelo de vez en cuando, y uno de ellos me recomendó una peluquería bastante cutre y desangelada que había cerca de mi casa. Sin mucha confianza, me plantifiqué allí pensando “de perdidos, al río”. Si me contagian los piojos – era muuuuy cutre – me tendré que rapar al cero y así evitaré este problema. Qué equivocado estaba, por queé me fijaré tanto en las apariencias. Bueno, y en los refranes. Ése de “segundas partes nunca fueron buenas” hay que ir archivándolo. Algunas segundas partes sí lo son.
Justo al entrar, volví a sentirme deslumbrado de nuevo. Un chico joven moreno, rollo alternativo, pelo largo, voz rascada de fumador, y ¡maneras masculinas! que cortaba el pelo como los ángeles. Captó lo que mejor me quedaba al momento, y también entendió que a mí, cuando proceden a cortar, me gusta el silencio. De hecho, si me tocan la cabeza entro en una especie de letargo placentero y empiezo a tener ocurrencias de lo más estrafalario. Me fijé en él, en sus movimientos seguros y en la fisicidad de nuestra cercanía. He llegado a pensar, mientras él movía mi cabeza y comprobaba si las patillas estaban igualadas, que parecíamos un anuncio de Dolce & Gabbana ante el espejo, y justo entonces, se arrimó a mí como solía hacer mi peluquera anterior. Está claro que a mí se me conquista por la cabeza, no por el estómago.
Y lo admito, me gusta D&G.



La noche pasada, los reyes no fueron los padres (por mucho que digan Astrud) sino, definitivamente, los Pet Shop Boys. ¡Qué grandes son! Vaya recital que dieron ayer en el Palacio de los Deportes. Es una impresión totalmente subjetiva, pues era la primera vez que los veía en concierto, y no puedo comparar con anteriores actuaciones, aunque creo que no me equivoco. Realmente, la primera vez que los vi fue el el año pasado en la Granja de San Ildefonso, con su espectáculo del Acorazado Potemkin, que aun estando genial, poco tenía que ver con uno de sus conciertos.










En definitiva, que todo lo válido que ofrece el contenido del documental, donde conocemos datos alarmantes y bien seleccionados lo invalida hasta cierto punto una forma burda de presentarlo. Al Gore, no puedo con él, “candemor”. Me daba ganas de enchufarle un buen chorro de laca setentera llena de CFCs. Porque yo lo valgo.









