Nueve años después de su icónico debut, que marcó las bases rítmicas y estilísticas del electro, vuelven juntos después de unas trayectorias interesantes aunque de menor repercusión que aquel álbum. Fieles a su estilo y casi tan inspirados como en 2001 siguen ofreciendo un tecno bastante frío, minimalista, que contrasta con unas letras originales recitadas con sensualidad y distanciamiento.
Vuelve el glitz, sin duda. Como me pasó con su primer álbum, me acabarán conquistando todas las canciones, pero por ahora destacaría 1000 dreams y sobre todo There's a party in my head, que ya ha sido remezclada por Thieves like Us.
Siempre extravagantes, ofrecen una curiosa versión del Suspicious minds de Elvis. Y mola!!! Os dejo aquí una crítica más profunda del disco. Yo no podría mejorar su prosa, así que he optado más por la cita que por la intertextualidad.
LOL es una original comedia francesa que no peca de exceso discursivo y asimila con naturalidad influencias de series adolescentes americanas como Gossip Girl e incluso, me atrevería a decir, de determinados giros rematadamente almodovorianos.
Narra tres trimestres en la vida de Lola (apodada LOL) en su instituto parisino de zona bien, con sus profes histéricas, ligues constantes y fieles compañeras de pandilla que tejen la típica red social adolescente donde se mezclan la inocencia, la envidia o el cotilleo con los amoríos, los coqueteos más inesperados y la música o los chats.
Entre otras algo más manidas, asistiremos a escenas hilarantes como las que protagoniza la mejor amiga de Lol, una chica modélica, aparentemente fría y perfeccionista que esconde un apetito sexual bastante "twisted"; o las escenas del viaje a Inglaterra de los alumnos del instituto y su experiencia con lo más kitsch del mundo anglosajón; o también todas en las que se demuestra la adicción de la sociedad contemporánea a los móviles e internet que siempre interfieren y nos provocan déficit de atención constante.
Además, Lola tiene una familia un tanto original que da mucho juego, puesto que sus padres están separados y vive con su madre, encarnada por Sophie Marceau, dos hermanos pequeños y una abuela un tanto surrealista. La madre, una mujer moderna y cercana, la típica francesa burguesa orgullosa de la revolución sexual descubre que su hija se ha hecho adolescente y anda sexualmente revolucionada, lo cual la convierte de golpe en una madre española en plena crisis de nervios bastante superada por la situación.
Curiosamente, madre e hija se verán en situaciones similares a pesar de la diferencia de edad y reaccionarán de modo similar, imitando gestos y comportamientos, a pesar de que ambas tratan de ocultárselo todo dando lugar a escenas teñidas de fina ironía. El tono desenfadado del conjunto junto con una buena selección de temas musicales y un cuidado estilismo no hacen sino hacernos disfrutar casi siempre, y dejarnos con esa sensación de comedia veraniega maravillosamente liviana. Y además, tiene su punto tierno...
Más novedades, ésta más reciente. Los belgas Vive la Fête regresan con su nuevo album Disque d'Or, pero están empezando a darme un poco de pereza, parece como si no quisieran confirmar lo que prometieron con discos redondos como Nuit Blanche o casi redondos como Grand Prix. Si su Jour de Chance ya me resultó algo falto de inspiración, este Disque D'Or no mejora mucho el asunto, se pierde en melodías algo insulsas y ritmos no demasiado inspirados. Falta fuelle. A pesar de todo, su directo sigue siendo maravilloso y el single no está mal del todo, especialmente su título: L'amour physique.
Al fin nos llega el nuevo album de The Sounds, pero esta vez no sorprenden. La nueva canción no suena demasiado original, o al menos no me parece tan buena como Painted by numbers o Tony the push. A ver si con varias escuchas... Su nuevo album se llama Crossing the Rubicon.
Es curioso cómo cambian las modas a la par que los usos y costumbres. El tenis, un deporte hasta no hace mucho algo elitista, y como tal poblado por un público bastante respetuoso -otros quizá dirían frío- y unos jugadores/as más bien serios, salvo excepciones (McEnroe y poco más) y vestidos de riguroso blanco, de repente cambió.
El público de algunos torneos importantes (como el Us Open) se ha vuelto ruidoso hasta el límite de lo soportable, o definitivamente futbolero, protestón y chungo, como en Roland Garros. Algunos de los abucheos más sonados han ocurrido en esas majestuosas pistas de tierra batida de París, donde con el paso de los años a los jugadores y jugadoras casi no se les deja ni apelar al juez de silla por una bola razonablemente dudosa. Es cierto que a veces tienen razón, pero casi siempre se exceden, y si no, véase la gran pitada que hizo llorar a una caprichosa Martina Hingis allá por 1999. La pitada fue de antología, y precicitó el fin del dominio de Martina Hingis en el circuito.
Por otro lado, los uniformes de los jugadores y especialmente jugadoras han sufrido una transformación sustancial, estallando en un arco iris algo psicodélico de colorines varios, cortes imposibles y escotes pronunciadísimos, además de peinados de todo orden y condición. Tanto, que a veces puedo entender que el público grite de horror... Entre otros, podemos encontrarnos a un tenista con aire de recién levantado de la cama y sin duchar ni afeitar haber saltado a la pista, como ese rollo guarri-grunge que lleva Andy Murray; o a la típica juani macizorra con microfalda y zapas color oro que van dejando destellos mientras corre, como le pasa a Serena Williams. Luego está el rollito pijuelo-o sea-marquita-latin lover de los 80 de Verdasco, el "soy-la-princesa-de-los-mares y plancho mi pelo y llevo horquillas rechamantes y pinto mi cara y da igual que vaya hecha un cuadro porque soy mona" de Ana Ivanovic ; el tema marca-culo, marca-brazo, melena al viento, pantalón pirata, o lo que es lo mismo, el sin par Rafa Nadal con su estilismo de poligonero, o la muy pavisosa Maria Sharapova en plan "mírame y no me toques" con sus pendientes de oro, sus abalorios para el pelo (excepto la crema depilatoria, que no usa en el bigote) y sus exiguos uniformes muéstralo-todo-en-movimiento.
En fin, una horterada como otra cualquiera. Por ahora, pervive Wimbledon como sede sacrosanta del tenis, en donde casi todo es como antes: todos/as de blanco inmaculado, sólo se comen fresas con nata, y el público ora aplaude, ora permanece en silencio, y en todo caso murmulla educadamente para mostrar su desacuerdo. Y a los tenistas les obligan a cambiar de atuendo si se juzga inapropiado, como le pasó al pionero de todo este rollete horterilla, el sin par Agassi, cuando aún lucía melenón rubio a lo Bon Jovi. God save the Queen.
Farrah Fawcett fue la chica de portada de los años 70 en Estados Unidos, con permiso de Lauren Hutton. Después de ser descubierta de manera un tanto casual, un ejecutivo de Hollywood pensó que daría bien en cámara y la contrató como modelo publicitaria. Se sucedieron anuncios de jabones, colonias, pero sobre todo pastas de dientes -probablemente por su sensual aunque quizá excesiva dentadura- y, de manera arrolladora, productos capilares o directamente secadores.
Porque la melena, esa melena amplia, poblada y ondulada, rubia y sedosa, todo a un tiempo, se convirtió en su seña de identidad. Tanto fue así que incluso la industria cosmética creó un champú en honor a ella, cuando lo habitual era sacar perfumes, y eso si eras una estrellona como Liz Taylor, no una mera chica de portada.
Aaron Spelling, con su característico olfato para localizar un buen producto, la contrató para su iconográfica serie Los Ángeles de Charlie, donde a golpe de melena rubia y de pantalones de campana combinados con blusas ibicencas y faldas de tenis ajustadas, Farrah se erigiría en protagonista absoluta de la serie, a pesar de la manifiesta linealidad de su personaje Jill Munroe y de aparecer en ella durante una sola temporada.
Su póster en bañador rojo vendió 12 millones de ejemplares durante esa época, convirtiéndose en cierto modo en santo y seña de la misma: la gente aún se bronceaba alegremente sin preocuparse por el cáncer, las bellezas aún no pasaban masivamente por el quirófano para ser rematadamente perfectas, se podía ser delgada sin caer necesariamente en la anorexia, aún se bebía TaB, la gente fumaba alegremente sin calaveras en las cajetillas...
Luego Farrah se descentró un poco, yo diría que se fue bastante de "farrah" extrema, se casó con Ryan O'Neal, para luego divorciarse después de dos décadas, se quedó relegada a famosa de segunda con el discurrir de los 80; en otras palabras, que tuvo una trayectoria un tanto errática en la sólo que destacaría un film sobre una mujer maltratada que hizo en los 80 y una entrevista con David Letterman en la que aparecía algo inconexa y empastillada.
Aun así, para todos los que fuimos críos en los 70, esta mujer siempre nos traerá buenos recuerdos, ya sea porque despertó un incipiente interés estético o quizá erótico en nosotros, ya sea porque nos recordaba a nuestras madres, ya sea porque cuando la mirabas te parecía que la vida iba a ser un desenfreno de persecuciones de coches, melenas imposibles y gafas de sol.
La pobre Farrah ahora mismo no es ni la sombra de lo que fue. El paso de los años, los excesos, y sobre todo una enfermedad terrible la han maltratado hasta deformarla físicamente. En medio de todo eso, ella vuelve a ser una chica de portada; esta vez por su valentía (otros dirán oportunismo) a la hora de enfrentarse a su enfermedad, sin esconderla y hablando de ella sin tapujos, mostrando su deterioro paulatino, su lucha por la curación, sus múltiples tratamientos y otras escenas de gran privacidad con mucha naturalidad, de nuevo seduciendo a la cámara con ese algo especial que no ha perdido a pesar de todo.
NBC ha emitido la historia de la lucha contra el cáncer de Farrah Fawcett el viernes pasado que aún se puede ver aquí. Se llama Farrah's story y ha alcanzado una audiencia sin precedentes en Estados Unidos. No es un documento cómodo de ver, desde luego, y hay partes que yo he decidido saltarme. Sin embargo, lo recomiendo. Absténganse mentes impresionables.
Y ahora, recordémosla en plenitud. En esa pista de tenis, corriendo hacia el teléfono.