jueves, febrero 15, 2007

La Ciencia del Sueño.


La última propuesta de Michael Gondry, La Ciencia del Sueño, curiosa coproducción franco-italiana, acaba de estrenarse. Dado a conocer en un principio por los video-clips de Björk, Gondry se convirtió en promesa prematuramente estrellada con su primer largo, Human Nature. Poco después, afortunadamente, confirmaría expectativas con la acertada Eternal Sunshine of the Spotless Mind, y ahora trata de volver a dar en la diana con esta película, donde sin renovar ni hacer evolucionar su estilo fílmico nos sigue resultando fresco y valiente.


La historia, sumergida de lleno en un mundo semionírico, se centra en un chico llamado Stephan (Gael García Bernal) que viaja a París para instalarse en casa de su madre -que sólo aparece a ratos- y aceptar un nuevo trabajo de diseñador de calendarios. Casualmente, conocerá a su vecina y entablará amistad con ella y con una amiga de ella. Sin embargo, nada es lo que parece en este mundo Gondryano.

Según parece, Stephan padece de una enfermedad disociativa desde los 6 años que le hace confundir la realidad con sus sueños, mezclándolas de tal modo que en muchos momentos no se llega a distinguir si lo que vemos es una cosa o la otra. Además, como es una persona creativa (diseñador gráfico) sus fantasías dan mucho de sí, y lo veremos a veces trabajar con unas manos gigantes que lo convierten en alguien torpe y agobiado, o tirarse por la ventana para volar por encima de los edificios de París con manuscritos en su mano, o crear una máquina del tiempo que rebobina y adelanta los momentos imitando a un mando de vídeo. Como vemos en algunos tramos de la película, él es una especie de director en la sombra de la inconsciencia e inconsistencia que rigen su propia conciencia.


Sin lugar a dudas, los dos pivotes alrededor de los cuales gira esta extraña historia son por un lado, el mundo laboral de Stephan, y por otro el mundo afectivo. Laboralmente, se ve rodeado del típico colega graciosillo-vividor que se convierte en amigo y dos chupatintas bastante insoportables connaturales a toda oficina cutre que se precie, además de un jefe estirado que finalmente aceptará sus propuestas (o quizá sólo en sus sueños, quién sabe). Afectivamente, Stephan se enamorará de su vecina, una compositora poco agraciada pero compatible con él, puesto que posee un mundo interior lleno de creatividad y muestra una tierna perplejidad ante un personaje tan particular como él. Ambos entablan una relación curiosa, con altibajos, momentos de plenitud y otros de incomprensión, debido principalmente a la naturaleza de Stephan, siempre dubitativo, siempre perplejo. El espectador también lo está, y quiere saber más.

Gondry no nos da ninguna clave para interpretar su película. Va enlazando ambos mundos de manera cada vez más sutil, y las estridencias de los momentos más locos se ven aplacadas por el contraste con la realidad más gris. Y de nuevo, como por arte de magia, la pantalla se vuelve a llenar de máquinas de escribir enormes, de animales de trapo, de trazos imposibles y de pantallas manipulables. Los personajes se desdibujan, la línea argumental se disuelve y todo vuelve a empezar otra vez.

Lo que más me gustó de la película fue la capacidad de sorpresa que atesora, su imprevisibilidad, y especialmente los momentos de poesía visual que consigue transmitir al mostrar la relación amoroso-poética entre Stephan y la vecina. Lo que menos fue que a veces la ficción se torna impermeable, como si el pretexto nublara al texto, y puede llegar a agobiar como lo haría alguna pesadilla inoportuna, con giros más propios de la farsa que de la comedia. Sin embargo, detrás de una puerta que se abrirá, sabemos que todo volverá de nuevo a ser comprensible. ¿O tal vez no?

Los efectos visuales de La Ciencia del Sueño son muy naif, han evolucionado poco con respecto a los vídeos que este director filmaba para Björk, y sin embargo, tienen mucho poder evocador. Montañas de tela blanca, disfraces y nubes de algodón son parte de los recursos utilizados, como en una especie de teatro del guiñol. Por otra parte, las imágenes son casi siempre elegantes, muchas veces barrocas, y las más, originales. A los actores y actrices (magnífica Charlotte Gainsbourg) los encontré muy bien, Gael incluido. Sólo le sobraban a la película ciertos excesos puntuales, y quizá le faltaba algo de hilación en algún momento, pero en general vale la pena. Al menos, es diferente. Una peli que es un puntazo lleno de puntazos.


2 comentarios:

enebro dijo...

Gael no termina de gustarme pero el director si. La bajaremos a ver qué tal :)

Xabi dijo...

Muy buena crítica, poderío. A mi la película también me encató. Reconozco que a primera vista puede parecer un videclip más de Gondry, pero es una historia muy bonita, contada de forma magistral y con un final agri-dulce perfecto: nunca sabremos el futuro de esa pareja... Decía el director que el no es muy optimista respecto a su futuro, pero ahí quedo, abierto para lo que queramos pensar.